Relato Interactivo

Género: Suspense

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El juego del cazador tiene cuatro reglas:

 

1. Hay tres víctimas y un cazador

2. Las víctimas deben destapar la identidad del cazador

3. El cazador debe cazarlas a todas sin que sepan quién es el cazador

4. El juego dura todo el tiempo que los jugadores estén dispuestos a soportar

 

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Cuando un grupo de amigos van a un pueblo cuya única fama es haber sido el escenario del crimen del mayor asesino en serie de España, sólo puede responder a un motivo: jugar al juego que lleva su nombre.

 

No tenía pensado jugar a ese juego. De hecho, no me hacía ninguna gracia. Me considero una persona que prefiere respetar la memoria de los caídos, y las víctimas de ese sujeto no eran para menos. Por eso creía que quien inventó ese juego era un morboso sin escrúpulos. Y, sin embargo, ese juego estaba en memoria de todos. Aunque no conocía a nadie personalmente que lo hubiera jugado, sí sabía de personas ajenas a mi círculo que lo habían jugado. Lo que para una serie de víctimas había sido un periodo de terror y pánico, para toda la gente que jugaba se había convertido en un juego de ingenio y estrategia psicológica.

 

El cazador, tal y como los medios lo habían apodado desde que se dio a conocer su caso, fue el asesino serial más famoso de España. No por haber matado a una ingente cantidad de personas, no. Sino por el cómo. Por el cuándo. Por el quién.

 

Había convertido a tres personas inocentes en un grupo de trastornados que acudían regularmente a la policía, muertas de miedo y alegando que alguien iba a por ellos. Que no paraban de recibir señales de que los espiaban, que estudiaban cada uno de sus pasos y que alguien se preparaba para cazarlos. Por supuesto nadie las creyó. Pero cuando la primera persona apareció estrangulada en un bosque, los medios y toda la población empezó a especular sobre la veracidad de sus acusaciones. Y ese “cazador” tomó nombre en el mismo instante en que la segunda persona apareció desangrada como un cerdo en el mismo bosque. La policía investigó, por supuesto. Los medios de comunicación no paraban de emitir comunicados diariamente, asustados por la situación, alimentando el temor y el morbo de la gente. La tercera víctima apareció degollada en ese bosque.

 

Y el asesino, el cazador, desapareció. No volvió a matar. Nunca se conoció su identidad. En su lugar se creó este juego, y, a modo de leyenda urbana, los que jugaron dijeron que habían percibido que alguien estudiaba sus pasos, como hizo antaño el asesino con sus víctimas.

 

Por eso me daba miedo jugar a esto. Pero éramos cuatro en el coche, mis mejores amigos y un nuevo colega del trabajo. Habíamos quedado para tomar algo y el nuevo, envalentonado, había propuesto jugar a esto. Los demás nos reímos, por supuesto, pero mi mejor amigo Cristian había puesto a prueba su valentía:

 

̶ Si quieres jugar a esto bien, tendrá que ser en el mismo bosque.

 

Mi amiga Claudia lo secundó:

 

̶ ¡Claro! Sólo así podemos presenciar el espíritu del Cazador pisándonos los talones. Lo dice la Deep web y todo.

 

El nuevo, que se llamaba Aaron, frunció el ceño, visiblemente acobardado, pero herido en su orgullo, sentenció:

 

̶ Está bien. Pues mañana por la mañana nos montamos en el coche y vamos a ese pueblo a jugar a esto. Cuando hayamos acabado, veremos quién tiene más miedo.

 

No sé por qué en ese momento todos me miraron. Yo decidí no participar en la conversación y seguir bebiendo de mi copa. Mis amigos sabían que me asustaba fácilmente, no me daba miedo reconocerlo. Lo que me daba mala espina era ese horroroso juego que estábamos a punto de hacer. Pero, como me dijo Claudia para convencerme, es solo un juego. ¿No?

 

El viaje fue corto. El pueblo estaba cerca de Barcelona, donde todos trabajábamos y vivíamos. El clima dentro del coche era divertido, entretenido. Hablábamos y reíamos, poníamos música y cantábamos nuestra propia versión como nuestros vozarrones de cuervo nos permitían. Y, sin embargo, no quería llegar. No quería poner un pie en ese pueblo y no quería jugar a eso. Mi amiga Claudia me aseguró que íbamos a jugar de guasa, a pasarlo bien y a reírnos un poco de nosotros mismos. Que todo iba a estar bien. Yo, si estaba ahí en ese momento, era por mis amigos.

 

No habíamos venido precisamente a hacer turismo. Nosotros lo sabíamos y la gente del pueblo con la que nos encontrábamos de camino al bosque también lo sabía. Desde que ocurrió todo aquello, quién sabe cuántos locos han venido al bosque a hacer rituales y contactos con espíritus relacionados con el tema del Cazador.

 

El bosque era una pequeña extensión verde que se encontraba en los límites del pueblo. No era muy abundante y estaba repleto de caminos de tierra que se habían ido construyendo para facilitar el paso a los viandantes.

 

Encontramos el lugar porque había restos de cinta policial y algún que otro cartel con un letrero casero referente al suceso ocurrido aquí diez años antes. Palabras que iban desde el odio más profundo hasta la admiración más morbosa empapelaban algunos árboles. Los viandantes evitaban el camino que llevaba a esa zona del bosquejo. Sólo los que estaban interesados en este tema venían aquí. Como nosotros.

 

̶ ¿Y ahora qué? – dije nerviosa.

 

̶ Tenemos que repartir las tarjetas y empezar a jugar – respondió Aaron, impaciente por terminar.

 

̶ Eh, un momento… Aquí hay gente que no sabe jugar – dijo Cristian mirándome. La noche antes de iniciar este viaje a la locura, me había abrazado fuerte y me había dicho que todo estaría bien – Deberíamos repasar las reglas para que nos queden claras a todos y también poner unos límites.

 

̶ ¿Unos límites? Tío, que es sólo un juego. Nos vamos a reír y ya – se rio Aaron.

 

̶ Ya, pero quiero que Lina oiga las normas para que sepa que no va a pasar nada – dijo mirándome suavemente.

 

Yo le sonreí, aunque seguía nerviosa.

 

̶ Bien, pues las reglas son éstas. Tenemos cuatro tarjetas porque somos cuatro jugadores. Cada tarjeta tiene escrito el rol que vamos a ser cada uno de nosotros. A uno de nosotros le va a tocar el rol de cazador y al resto, víctimas. Y vamos a mezclar las tarjetas y cada uno cogerá una al azar. Todos sabremos qué rol tenemos nosotros, pero no sabremos qué son los demás. El objetivo del juego es destaparnos. El cazador gana si pilla a las víctimas y ellas hasta el último momento no saben que era el cazador. Y las víctimas ganan si destapan al cazador.

 

̶ ¿Y ya está? ¿Sólo eso? ¿Y lo que decían de la leyenda urbana que si venías a jugar aquí podías invocar al espíritu del cazador para que se uniera al juego?

 

Aaron se echó a reír. Claudia lo siguió.

 

̶ El juego es el que es. Es un juego de ingenio para ver cómo nos engañamos mutuamente para cumplir el objetivo. Lo que dices es eso, una leyenda urbana. No te va a pasar nada, tranquila.

 

Cristian volvió a abrazarme, protector.

 

̶ Lina, sabes que es sólo un juego, pero si quieres que nos vayamos nos vamos. Ya nos hemos reído un poco, que es lo importante.

 

Respiré hondo.

 

̶ No, jugaremos. Lo pasaremos bien, estoy segura.

 

Cinco minutos después estábamos en círculo, esperando a que Aaron, que era quien había preparado las tarjetas, las mezclara. Estaban del revés, para que ninguno pudiera ver la palabra que estaba escrita en cada una de ellas. Después, las colocó en forma de abanico para que todos cogiéramos una, sin verlas. Todos estuvimos un rato en silencio, con la tarjeta sobre la mano, esperando para poder destaparla.

 

̶ Bien, pues ahora cada uno mirará su tarjeta y se la va a guardar. Luego empezaremos a jugar.

 

Yo miré una vez más los carteles dedicados al Cazador, deseando que no me tocara ser él. Así que destapé la tarjeta. Y en cuanto vi la palabra VÍCTIMA escrita, sentí una mezcla entre liberación y angustia. Liberación porque no me tocaba engañar a los demás haciéndome pasar por el cazador. Y angustia porque… alguien tendría que cazarme.

 

Todos miraban sus respectivas tarjetas con una mirada inexpresiva. De eso iba el juego, que nadie supiera nada de los demás. Fueras quien fueras, el desconocimiento jugaba a tu favor.

 

Todos nos miramos. El juego había empezado.

 

La tensión era palpable. Nos escrutábamos el rostro de forma concienzuda, como tratando de hallar un rastro de culpabilidad que permitiera a cualquiera de nosotros descifrar qué ponía nuestro papel, para así terminar con el juego. En ese momento me di cuenta de que mis amigos eran unos grandes actores. Sus caras inexpresivas me impedían descubrir una mínima pista de quién era quién. Y entonces, Aaron me señaló con una sonrisa maliciosa y emitió un grito triunfal:

 

̶ ¡Lina! A Lina le ha tocado ser el cazador.

 

Mi cara se contrajo en una mueca de pánico, por ser el centro de atención y por esa acusación con la que no me sentía para nada identificada.

 

̶ ¿Qué? ¡¿Qué demonios te hace pensar eso?!

 

Aaron estalló en risas.

 

̶ ¿Entonces eres una víctima?

 

Mi semblante se tranquilizó y ahí descubrí que había cometido un error, por lo que volví a enfadarme.

 

̶ ¡Déjame en paz, Aaron! ¿Acaso eres tú el cazador? ¿Me estás intentando arrinconar contra la pared?

 

Aaron se mantuvo firme, su cara imperturbable.

 

̶ ¿Entonces confirmas que eres una víctima? Se te da fatal esto, Lina, así no es divertido…

 

Yo me crucé de brazos y por un momento quise matarlo. Entonces, Cristian, saliendo a mi encuentro, arrugó su tarjeta y la metió en su chaqueta, e intervino.

 

̶ Venga, chicos, ya está. Suficiente por hoy. Vámonos a casa, ya hemos jugado.

 

Aaron se mostró disconforme.

 

̶ ¡Pero si acabamos de empezar!

 

Claudia también acudió en mi ayuda y se dirigió hacia Aaron.

 

̶ Aaron, basta. Ya nos hemos reído un poco. A Lina no le gusta estar aquí. Vámonos.

 

La mirada que me dirigió Aaron, como si de un niño enfadado se tratara, hizo que se encogiera mi corazón y todas las alarmas se me encendieran. Todavía no lo conocía mucho, como sí conocía a mis amigos Claudia y Cristian. Supongo que cada persona es diferente y tiene sus formas de reaccionar ante lo que le gusta y lo que no. Y estaba claro que a Aaron no le gustó terminar el juego de forma tan brusca. Pero al final aceptó, pesaroso, y fue el primero en abandonar el bosque para dirigirse de nuevo al coche.

 

Claudia y Cristian me abrazaron.

 

̶ Tranquila, Lina. Lo hemos pasado genial. Gracias por acompañarnos.

 

Yo sonreí, al borde de las lágrimas. Me había sabido mal el enfado de Aaron; me sentía una aguafiestas, pero la tensión que había acumulado desde que me había montado al coche hasta que Cristian finalizó el juego había sido tanta que ahora se traducía en forma de lágrimas.

 

Y así, sin más, nos fuimos.

 

.................................

 

A la mañana siguiente me despertó el timbre. Me levanté sin mirar la hora, aunque sospechaba que era muy tarde. Por la mirilla vi a Claudia. Pero no era la misma Claudia de siempre, sonriente, segura de sí misma. La Claudia que había al otro lado de la puerta miraba al suelo y a todas partes, y parecía inquieta, porque volvió a tocar el timbre con más insistencia.

 

Extrañada, abrí la puerta. Claudia, en cuanto me vio, entró de un salto y hasta que no cerré la puerta, no respiró hondo.

 

̶ ¡Claudia! ¿Va todo bien?

 

Me miró, cambiando todo su peso de un pie a otro. Cambiaba de posición a cada rato, se cruzaba de brazos, se descruzaba, se metía las manos en los bolsillos, las sacaba… Entonces carraspeó, lista para hablar.

 

̶ ¿Puedo hacerte una pregunta?

 

Asentí, como si fuera obvio.

 

̶ ¿Has sido tú, Lina? Porque si has sido tú no ha tenido gracia…

 

Fruncí el ceño, muy confundida.

 

̶ ¿De qué estás hablando…?

 

̶ ¡De esto, Lina! – acto seguido sacó su teléfono y me enseñó un mensaje que un número desconocido le había enviado.

 

Claudia: sé quién eres.

Vas a ser mi primera víctima.

Mañana, recuérdalo.

 

̶ ¿Te tocó a ti el papel del cazador? Por favor, sé sincera.

 

Dudé en si decirle la verdad o no. ¿Y si era una treta para descubrir mi rol? Aunque el mensaje parecía muy real.

 

̶ ¿No serás tú el cazador, no, Claudia?

 

Ella se sonrojó, levemente molesta.

 

̶ ¡Obviamente no! ¿Eres tú o no?

 

̶ No… me tocó ser una víctima.

 

Vi a Claudia desmoronarse. Cerró los ojos y su rostro se descompuso en una mueca de agotamiento mental. De pronto me miró.

 

̶ ¿Entonces han sido uno de esos dos? Aunque Cristian nunca me diría algo así. ¿Crees que ha sido Aaron? ¿Se está haciendo el gracioso y se está vengando porque hemos terminado el juego y quiere continuarlo?

 

Respiré hondo, incómoda. Si Aaron estaba detrás de todo esto, su lugar en nuestro grupo tenía fecha de caducidad. Habíamos terminado el juego y eso implicaba el cese de cualquier acción relacionada con él. Y estaba claro que mi amiga lo estaba pasando muy mal…

 

̶ Claudia, vete a casa y descansa. Llamaré a Aaron, ¿vale? Le pediré explicaciones. Vete a casa y ya te llamaré si sé algo. Y si necesitas cualquier cosa, llámame, ¿sí?

 

Claudia no parecía muy convencida, pero asintió. Tras un abrazo increíblemente corto, se marchó de mi casa con los hombros hundidos. Y cuando la vi marchar a través de la mirilla, volví a recordar el mensaje que le habían mandado y sentí una mala vibración.

 

RONDA 2

 

No había tenido gracia. Cualquiera que se encontrara en la situación de Claudia, incluso la mía, lo diría. Eso no había tenido ninguna gracia. No era justo hacer pasar un mal trago así a nadie.

 

Cogí el móvil y marqué el número de Aaron. Ya estaba pensando qué decirle y qué tono de voz poner para que notara mi enfado. En cuanto escuché su voz somnolienta al otro lado de la línea solté mi discurso.

 

̶ ¿A qué crees que estás jugando, Aaron? No puedes hacerle eso a Claudia, estúpido, ¿sabes lo asustada que estaba? ¡Estoy muy enfadada contigo! ¿Cómo puedes hacerle eso a mi amiga? ¡Encima que te aceptamos en el grupo!

 

Oí un carraspeo al otro lado.

 

̶ A ver, a ver… ¿Qué dices que he hecho?

 

Si intentaba hacerme sentir estúpida no lo iba a conseguir.

 

̶ Le mandaste un mensaje amenazante a Claudia diciendo que sería tu primera víctima. ¡Te tocó a ti el cazador! Pero terminamos el juego. ¿Acaso quieres seguir jugando?

 

Empezó a reírse.

 

̶ Venga, vamos… No juegues conmigo, Lina… ¿Es eso lo que quieres? ¿Confundirme para cazarme?

 

̶ Pero… ¡no! Fuiste tú, tú le mandaste ese mensaje a Claudia…

 

̶ Yo no he mandado nada a nadie. Acuérdate de estar segura de algo antes de acusar a nadie.

 

Y colgó.

 

Me sentí cabreada. Porque me hubiera dicho eso y por haber colgado tan repentinamente. Aun así, él afirmaba no ser el cazador. Bueno, realmente dijo que no le había mandado el mensaje a Claudia, no que no fuera el cazador. Eso aún estaba por descubrir…

 

Más calmada, quise llamar a mi mejor amiga para contarle mis descubrimientos, pero su teléfono estaba apagado o en modo avión o fuera de cobertura. Tal vez estuviera ocupada, así que me apunté mentalmente que debía llamarla más tarde.

 

Estuve todo el día adelantando trabajo. Debía presentar un escrito el lunes y quería pasarle un borrador a mi jefe para que valorara si estaba bien o debía cambiar algo. Ni siquiera pensé en lo que había pasado horas antes. Claudia presentándose en mi casa asustadísima y con un mensaje de amenaza (¿o advertencia?), Aaron negando su autoría y yo sin saber muy bien qué hacer porque Claudia no respondía a su teléfono.

 

Lo había vuelto a probar y no funcionaba. ¿Qué cosas tenía que hacer hoy, que no respondía? Intenté recordar si me había comentado algo al respecto, pero mi mente estaba bastante nublada. Decidí que iría a verla a su casa. Aún no era de noche, así que tenía tiempo de ir a hacerle una visita rápida y ver cómo estaba.

 

Sin embargo, en cuanto abrí la puerta de entrada me topé con la persona a la que más odio le había cogido en menos tiempo.

 

̶ ¡Aaron, me has asustado!

 

Tenía la mandíbula desencajada y los pelos alborotados. El día que fuimos a cenar nos comentó que le gustaba ir bien arreglado a los sitios y que cuidaba mucho su apariencia. Pero el estado que me enseñaba parecía todo lo contrario. Empezó a gritarme mientras veía cómo gotitas de saliva salían despedidas de su boca a cada grito que daba.

 

̶ ¿Se puede saber a qué coño estás jugando, Lina? ¡Primero me llamas para acusarme de haber amenazado a tu amiga y ahora me amenazas tú! ¿Sabes lo ofendido que estoy?

 

Tuve que parpadear varias veces para entender qué estaba pasando. Me había sorprendido verlo en mi entrada, pero no tanto como lo que estaba diciendo.

 

̶ ¿De qué estás hablando…?

 

Él gruñó y soltó un insulto por lo bajo. Se le veía agobiado y cabreado. Sacó su móvil para enseñarme algo. En seguida, todo lo que estaba pasando me volvió a la mente como un recuerdo, tan vivo y real como lejano.

 

Un mensaje de texto, de pocos minutos antes, aparecía en su bandeja de entrada. Exactamente igual al mensaje que recibió Claudia. Sólo que éste cambiaba ligeramente el contenido:

 

Aaron: sé quién eres

Sé que eres una víctima.

Así que recuérdalo, iré a por ti

Tal como fui a por la primera.

 

̶ ¿Y bien? ̶ insistió, como si con ello consiguiera que yo afirmara ser la culpable de su malestar.

 

Pero lo cierto es que me había quedado helada, petrificada.

 

̶ ¿Qué está pasando…? ̶ pensé en voz alta.

 

Aaron seguía encaprichado en que yo era la culpable. De repente, un mal presentimiento inundó mi estómago. Corrí hacia mi móvil y entré en mi aplicación de mensajería. Sin embargo, no tenía ningún mensaje parecido al de Aaron y Claudia.

 

̶ Aaron, ¿te tocó ser víctima o cazador?

 

Su rostro se descompuso en una mueca seria, tan seria que me entró miedo por unos instantes.

 

̶ ¡No me vengas con juegos, Lina!

 

̶ He dicho que si te tocó ser víctima o cazador. Esto no tiene gracia, Aaron. A mí me tocó ser víctima. Igual que a Claudia. Y si a ti también, entonces a mí me llegará un mensaje parecido, ¿no? Y a Cristian también…

 

Aaron se sacó un papel del bolsillo. Estaba arrugado, pero se leía claramente el rol que le tocó.

 

̶ ¿“Víctima”? Entonces…

 

Los dos nos miramos. La mueca de cabreo de Aaron pasó a una de confusión y pánico. Como yo. ¿Qué estaba pasando?

 

̶ ¿Tú no crees que Cristian sea capaz de hacer esto no?

 

Negué con la cabeza tan rápido como escuché el nombre de mi mejor amigo.

 

̶ No, pero…

 

̶ Pero ¿qué?

 

Tragué saliva. Tuve ese miedo desde que entramos en el bosque. Tenía miedo de que pudiera pasar algo de esto y aun así entré a jugar con ellos. Ahora estábamos sufriendo las consecuencias todos.

 

̶ Quizá sea el verdadero cazador quien nos está persiguiendo…

 

Yo tenía mucho miedo, por eso me ofendí cuando Aaron estalló en risas.

 

̶ Lina, por favor… ¿Cómo va a ser eso?

 

De pronto, mi teléfono empezó a sonar con fuerza. Era Cristian. Habló muy rápido. Parecía muy asustado. Me bloqueé. Sólo reaccioné cuando escuché lo último que dijo “ven rápido”.

 

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Normalmente, cuando te llama la policía para que vayas a la comisaría para que te hagan unas preguntas, accedes, aunque con miedo. Son profesionales en el arte de interrogar y aunque sabes que eres inocente tienes miedo que cualquier signo de nerviosismo sea confundido con una pista de tu culpabilidad.

 

Sin embargo, cuando es tu amigo el que te llama desde comisaría, diciendo que no le dejan salir, el miedo es peor. Todas las alarmas te saltan, pensando qué habrá pasado, qué habrá hecho, si realmente dice la verdad o no. Eso me pasó a mí cuando vi a Cristian sentado en una silla, esperándome. Estaba bastante inquieto y cambiaba de postura constantemente. Cuando hablé con él, me di cuenta de que le habían soltado la bomba y le habían dejado sentado mientras las ansias se lo comían vivo.

 

̶ ¿Qué, qué?

 

Sentí un dolor en el estómago, como si me hubieran dado una patada muy fuerte, en cuanto me lo dijo.

 

̶ Claudia está muerta… ̶ repitió muy despacio.

 

Noté que miraba al vacío. Sus ojos estaban rojos y su cara demacrada. Yo no podía creerlo. No hasta que me lo confirmara alguien…

 

̶ ¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho?

 

Me dejé caer en el suelo, impaciente por respuestas. ¿Qué demonios estaba pasando?

 

̶ Vino la policía a buscarme a mi casa. Me dijo que habían encontrado a Claudia en el bosque y que como el mío era el último número que salía en su registro de llamadas, me dijeron que viniera aquí en calidad de testigo… ¿Tú sabes qué está pasando, Lina? Por favor, no sé qué está pasando…

 

Le abracé muy fuerte y nos pusimos a llorar juntos. Poco después un policía vino a por Cristian y se lo llevó. Cuando se levantó, vi que había un trozo de papel en su silla, algo arrugado. Se le debía haber caído o… debía haberlo tenido escondido. Lo cogí y lo abrí. “CAZADOR”, rezaba con todas sus letras.

 

Técnicamente, si Claudia, Aaron y yo éramos víctimas, sólo podía haber una persona a la que le hubiera tocado ese rol. Pero Cristian no era capaz de hacer algo así. Más que nada porque si habían ido a por Claudia, al final me tocaría a mí cerrar el círculo de víctimas. Y el juego ya no estaba en marcha. Lo finalizamos. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué nos pasaba esto? ¿Quién nos estaba haciendo esto?

 

Cuando mi amigo volvió a mi lado, me vio con el papel entre las manos. No pudo menos que sonreír.

 

̶ Sí, qué bien nos lo habríamos pasado, ¿verdad? Si sólo hubiera sido un juego… Pero el juego está cruzando la línea entre la ficción y la realidad.

 

Una lágrima bañó las letras, diluyendo el trazo.

 

̶ ¿A qué te refieres?

 

̶ La policía cree que puede tratarse de un imitador. Claudia apareció tal como murió la primera víctima del cazador. Pero hay imperfecciones en el escenario del crimen. O eso me han dicho…

 

Me sequé algunas lágrimas que mojaban mi rostro y lo miré impasible. Una idea cruzaba mi mente, pero era tal la rabia que me inundaba que necesitaba decirlo en voz alta, para ver cómo sonaba.

 

̶ Cristian, ¿tú no avisaste a Claudia de que ibas a ir a por ella, verdad? Tú nunca les habrías enviado un mensaje así a Claudia y Aaron… Aunque te hubiera tocado el rol de cazador.

 

Entonces, él me miró con terror.

 

̶ ¿Aaron ha recibido un mensaje? ¿Como el que recibió Claudia? ¡Debería enseñárselo a la policía para que lo rastreen! No quiero que le pase nada a nadie más, Lina… Ni siquiera a ti… Por favor, ten cuidado. Avísame si te llega algún mensaje, no te quedes sola, tenemos que llamar a la policía para que descubra qué está pasando.

 

Asentí y le abracé. Me sentía agotada mentalmente y sé que mi amigo estaba igual. Todo esto era muy duro y un golpe así no se superaba fácilmente. Y más cuando no estaba todo resuelto todavía.

 

Tenía muchas preguntas. Pero sólo una me martilleaba constantemente. Si era un imitador, ¿por qué había ido a por Claudia? ¿Y a por Aaron? Por su mensaje, él era el siguiente. Al final le convencí para que acudiera a la policía y pidiera ayuda. No había sabido nada de él desde entonces.

 

Yo conseguí que la policía me contara más detalles de Claudia. La habían estrangulado. El mismo escenario, las mismas circunstancias que hacía diez años. Todo se repetía. Y, sin embargo, no quería aceptarlo. La policía me había mandado a casa mientras ellos iniciaban una investigación y si me necesitaban, me llamarían.

 

¿Por qué el imitador nos había elegido a nosotros? ¿Porque habíamos ido a ese bosque? No podía quedar así. Me negaba a perder a nadie más. Aaron, Cristian. No perdería a nadie más. Tenía que hacer algo. Debía haber alguna relación, algún cabo suelto que me ayudara a saber qué hacer, hacia dónde mirar, de quién desconfiar…

 

Si esto era un juego para él, yo iba a jugarlo bien.

 

Fue entonces que empecé a investigar por mi cuenta.

 

RONDA 3

 

1. Eran tres víctimas

2. Había un Cazador desconocido para las víctimas

3. La “caza” duró dos semanas

4. Las víctimas se conocían entre sí

 

Habían pasado tres horas desde que cogí el ordenador y había empezado a buscar toda la información de muchos periódicos, artículos, entrevistas de profesionales y demás que encontré por internet.

 

Había cogido un papel y un boli y había empezado a apuntar las premisas que tenían en común todas las páginas. La última, sin duda, supuso toda una sorpresa. ¿Qué relación tenían las víctimas entre ellas? ¿Simples conocidos? ¿De haberse visto en la comisaría? ¿O algo más? Eso no lo especificaban. ¿Lo ocultarían?

 

Aunque fue una búsqueda larga y fructuosa, sentí que no llevaba a ninguna parte.

 

De pronto recordé que tenía un colega en la Redacción que le habían encargado hacer algunas entrevistas hacía diez años, antes de que murieran las víctimas. Me lo había explicado cuando me acerqué a hablar con él. Me contó que muchas de sus entrevistas no habían sido publicadas.

 

̶ ¿Por qué? – pregunté.

 

̶ Carecían de relevancia informativa para lo que buscaban en ese momento.

 

No hice más preguntas, pues parecía no querer hablar del tema.

 

En ese momento, sentí que aquella información podía convertirse en un claro al que acercarme, algo que me sacara de dudas, que pudiera darme un nuevo punto de partida. Así que decidí llamarlo y pedirle todo el material que tuviera. Él sospechó de mi curiosidad. La noticia de la muerte de Claudia, una compañera de trabajo, había sumido a la Redacción en una profunda tristeza, que había dedicado algunos minutos de silencio en su honor, y a mí me habían concedido tres días para sobreponerme, días que había aprovechado para investigar. Se suponía que no debería trabajar, que no debería meter las narices en este tema, pues de eso ya se encargaba la policía… Pero necesitaba respuestas. Si conseguía información valiosa, quizá la policía me escuchara.

 

̶ Por favor, Daniel, los necesito.

 

̶ Cuidado con lo que haces con ellos, Lina…

 

No había sido una amenaza, sino más bien una advertencia. Daniel era un periodista veterano que llevaba ya muchos años en ese periódico. Sabía cuándo debía pasar inadvertido, cuándo dejar un tema y cuándo insistir. Mi posición ahora podía salvarme la vida… o ponerla en riesgo. Todo dependía de cuánto quisiera llamar la atención al Cazador. Si es que llegaba a encontrarlo.

 

Al final me los pasó por correo. Y cuando entré y empecé a descargar todos los documentos uno por uno entendí por qué carecieron de relevancia informativa en su momento.

 

̶  <<El Cazador fue una víctima>>, <<El Cazador tenía más víctimas en mente>>, <<A mí no me ha cazado>> - leí en voz alta.

 

Empecé a leerlos todos.

 

El primero parecía un discurso moral donde el narrador se ponía en la piel del que asesinaría a dos personas más, aludiendo a un pasado triste y solitario que hubiera marcado su camino a convertirse en el asesino en serie más famoso del país.

 

El segundo hablaba de un pensamiento que habían tenido todos en mente cuando sucedió todo aquello. Si había matado a tres personas, ¿habría tenido más víctimas en mente, no? Al fin y al cabo, lo que caracteriza a un asesino en serie es la necesidad de seguir matando, aumentando la dosis de violencia para sentirse vivo.

 

El tercero me pareció una entrevista muy agresiva. El entrevistado hacía un llamamiento a todas las <<posibles víctimas>> a unirse para cazar al Cazador antes de que cometiera una masacre. Decía que, si él mismo estaba en su lista, no había sido cazado, por lo que se sentía afortunado.

 

Empecé a mirar los nombres que salían en todos los documentos y me los apunté. Ninguno de ellos coincidía con los nombres de las víctimas originales. Eran personas diferentes. Y, sin embargo, también trataban el tema del Cazador. ¿Significaría algo?

 

Cogí mi teléfono y llamé a Daniel.

 

̶ Daniel – empecé antes de que él pudiera decir nada –, he revisado tus documentos. ¿Conoces a esta gente?

 

Le recité los nombres que había apuntado.

 

̶ Claro, tuve que escribir sobre ellos, ¿seguro que has leído bien?

 

Solté un bufido ante su ataque.

 

̶ ¡Claro que sí! Te llamo por eso precisamente. Estas personas hablan sobre el tema, pero no están relacionados con el Cazador, al menos no en el sentido de que fueran víctimas. Entonces, ¿sabes si tienen alguna relación con el asesino que la policía no sepa?

 

Daniel se puso a pensar.

 

̶ Creo que sí…, o no sé. De todas formas, me guardé el teléfono de una de esas personas a las que entrevisté por si debía contactar con ella de nuevo. No sé si se ha cambiado de número, pero por probar no pierdes nada.

 

En ese momento amé a Daniel, tanto que tuve ganas de saltar de alegría.

 

̶ ¡Sí, sí! Pásamelo, por favor. Te debo una, Daniel, ¡gracias!

 

Diez minutos después estaba escuchando los tonos de llamada del teléfono, deseando fervientemente que esa mujer contestara.

 

<<Cristina>>, memoricé, <<se llama Cristina>>.

 

Ya llevaba un minuto escuchando los sucesivos tonos y mi ánimo decayó. Volvería a llamar, por supuesto, pero necesitaba una respuesta.

 

̶ ¿Sí? – escuché al otro lado de la línea.

 

Mi corazón dio un salto.

 

̶ ¿Cristina?

 

̶ Sí, ¿con quién hablo?

 

̶ Cristina, me llamo Lina, la llamo para preguntarle una cosa sobre una entrevista que concedió a mi compañero Daniel, del periódico…

 

̶ Lo siento, no pienso conceder ni una entrevista más y menos sobre ese tema.

 

Mi sonrisa empezó a desaparecer. La estaba perdiendo.

 

̶ Pero, Cristina, es importante…

 

̶ Lo siento, señorita, no voy a hablar sobre esto…

 

Cerré los ojos e inspiré hondo.

 

̶ Cristina, el Cazador ha vuelto – el silencio se hizo al otro lado de la línea – y ha matado a mi mejor amiga. Necesito saber qué ha pasado, ¿me entiende? Tengo dos amigos que ahora están en riesgo de ser sus víctimas. Yo estoy en riesgo de ser su víctima. A menos que descubra algo que ayude a la policía a capturarlo de una vez por todas.

 

Siguió en silencio por unos segundos más que se me hicieron eternos. Por un momento dudé en si la mujer había colgado.

 

̶ Pero eso es imposible… – empezó la mujer – no puede haber vuelto.

 

Fruncí el ceño.

 

̶ ¿A qué se refiere?

 

Otro silencio. Decidí sentarme en una silla. El corazón me iba a mil por hora y sentía que la conversación iba a empeorar. O eso o iba a descubrir algo que no me iba a gustar. Necesitaba estar preparada.

 

̶ Murió.

 

̶ ¿Usted sabía quién era? ¿Se lo dijo a la policía?

 

̶ La policía no llegó a tiempo…

 

¿Esa mujer estaba delirando?

 

̶ ¿Cómo dice…?

 

̶ Seguramente pienses que estoy loca – rio y me avergoncé de mí misma – y en cierto modo, un poco sí. Un golpe así no se olvida fácilmente. Y mucho menos se supera… Sé fuerte, niña, lo necesitarás.

 

Sentí que iba a colgar. ¿Me iba a dejar así?

 

̶ ¡Espere, espere! ¿Qué pasó? Por favor, cuéntemelo…

 

La mujer carraspeó.

 

̶ Yo nunca llegué a saber su nombre real, ¿sabes? – empezó. No entendí muy bien a qué se refería, pero suponía que iba a sacarme de dudas muy pronto –. En el colegio lo llamaban Gallina. Se burlaban de él por asustarse fácilmente. Y le hacían los ruidos del animal, eso de coc-coc-coc. A mí nunca me gustó que mis amigos le hicieran esto. Veía cómo él agachaba la cabeza y no hacía nada. Permitía que se burlaran de él y lo humillaran. Así que una vez fui a hablar con él. Le dije que transformara el mote que le habían puesto en algo que le hiciera sentir más fuerte. Por eso le dije que, cuando los demás lo llamaran Gallina, él pensara en un Lobo, en un cazador. Le dije que intentara jugar con mis amigos a cazarlos en el patio, que se uniera al grupo poco a poco, pero no hizo nada. Lo que no pensé fue que jugaría a esto años más tarde… de una forma más real.

 

̶ ¿Cómo supo que era él?

 

A la mujer empezó a temblarle la voz.

 

̶ Porque una mujer sabe cuándo su marido tiene una doble vida que implica acabar con las vidas de demás personas.

 

Me quedé sin voz. Agradecía haberme sentado porque en ese momento me habría caído al suelo.

 

̶ ¿El Cazador… era su marido?

 

̶ Por suerte o por desgracia… Cuando nos volvimos a ver muchos años después, no supe que era él. Él, por supuesto, ocultaba su pasado. Nos casamos y creamos una familia. Él era un padre ejemplar. O eso creía… De pronto empezó a llegar tarde durante muchas noches seguidas. Lo achacaba al trabajo. Pero empezó a corromperse por dentro. Parecía distraído muchas veces, se enfadaba muy rápido, estaba muy susceptible… Y de pronto, una noche se me ocurrió coger el coche e ir a buscarlo a una casa en el campo donde iba muchas veces a alejarse del mundo. Yo creí que tenía una amante, y que se escondía ahí para encontrarse con ella. Pero nunca imaginé que hubiera convertido esa casa en su centro de operaciones. Había miles de fotografías con las caras de los que fueron mis amigos del colegio pegadas en las paredes, muchos papeles con apuntes, una pizarra llena de esquemas. Fue aterrador… Y mi marido estaba ahí, mirándome. En ese momento ya habían muerto tres personas.

 

Me quedé sin aliento, imaginando la escena. De pronto tenía mucho frío. Un escalofrío me había recorrido la columna. Tenía el vello de punta. Pero quería saber más.

 

̶ Me enfadé con él. Le grité de todo, le amenacé. Y aún así, le dije que no diría nada a nadie si me prometía que dejaría esa vida atrás.

 

̶ ¿Y qué pasó? – le pregunté.

 

̶ Que se rio de mí. No quedaba rastro de mi marido. O quizá en ningún momento había existido. Así que rodeé la casa de gasolina y encerré a ese hombre en la casa. Luego encendí el fuego. Y el Cazador desapareció.

 

̶ Dios mío… ¿pero esto pasó de verdad? Si es su marido, ¿cómo no sabía su nombre?

 

̶ Mira, niña, haz lo que quieras con esta información. Pero déjame en paz. Yo ya pasé un infierno y quiero superarlo. Pero te aseguro que, si hay un Cazador suelto, desde luego no es mi marido. Él está muerto.

 

Y colgó.

 

De pronto me invadió la frustración. Estaba rabiosa. ¿Acaso todo eso era real? ¿O me había engañado?

 

Entonces mi móvil pitó y creí que era la mujer de nuevo. Pero no. Era un mensaje.

 

Lina, sé quién eres.

Serás mi próxima víctima.

Prepárate.

 

Se me acababa el tiempo.

 

RONDA 4

 

¿Conoces esa sensación? Estar mirando por todas partes, sin confianza alguna, sin bienestar alguno. Buscar en cada rincón de tu urbanización, de tu calle, de tu casa, buscando a alguien que te persigue.

 

Así me sentía yo.

 

Estaba huyendo y no sabía de quién. Pero era alguien que me perseguía. Ya había hecho daño a mi amiga. No sabía qué le había pasado a Aaron, pero temía que hubiera sufrido el mismo destino que Claudia.

 

Y yo…

 

Yo era la siguiente, según decía el mensaje.

 

¿Por qué?

 

¿Acaso la historia que me contó esa mujer me servía para aclarar algo?

 

Me sentía confusa, rabiosa, y, sobre todo, aterrorizada como nunca lo había estado.

 

Si el Cazador quería cazarme… debería cuidar que yo no lo cazara a él antes.

 

En cuanto entré en la comisaría, reconocí al policía que atendió a Aaron cuando le recomendé denunciar lo que le había pasado. Y él en cuanto me vio… Juro que se le descompuso la cara en cuanto me vio entrar.

 

Se acercó a mí, me saludó y me cogió de la manga para llevarme a una sala de interrogatorios. Sin trámites previos, sin avisar a nadie. A los dos minutos había pasado de ser una visitante a una… ¿sospechosa?

 

Empecé a temblar cuando cerró la puerta. Intenté establecer contacto visual con alguien que pudiera explicarme qué estaba pasando y por qué me había encerrado tan súbitamente. Pero nadie respondió a mi llamada.

 

Miré al policía que se sentó delante de mí, intentando descifrar su mueca.

 

̶ Lina, ¿verdad? – empezó y yo asentí – siento mucho haberte traído a rastras aquí. Esto es importante. Iba a llamarte, pero me ha servido de mucho que vengas tú…

 

̶ ¿Qué ocurre? ¿He hecho algo? – ya estaba otra vez ahí el miedo.

 

El policía me acercó una carpeta de color claro.

 

̶ Sólo te pido que estés preparada.

 

Tenía que haberme concienciado antes de lo que iba a enseñarme. Cuando un policía te tiende una carpeta para que la abras tú y veas lo que hay en su interior, no suele ser una invitación a cenar o nada alegre. Todo al contrario. Por eso, en cuanto vi los carteles viejos, los troncos y el suelo lleno de hojarasca… y el cuerpo destripado de mi amigo sobre él, sentí unas arcadas.

 

No había conocido mucho a ese hombre. Había entrado en nuestro grupo de amigos por trabajar en la misma empresa. Pero no había llegado a intimar tanto con él como había hecho con Cristian y Claudia.

 

Ahora…

 

Ahora ya no había opción. Y si alguna vez había desconfiado de él… su culpabilidad se había esfumado tan rápido como su vida.

 

Las lágrimas me escocieron los ojos.

 

Sentía rabia.

 

Sentía impotencia.

 

Pero, sobre todo, las palabras “eres la siguiente” me retumbaban en la mente sin cesar.

 

Cerré la carpeta de golpe ocultando en su interior todo el espectáculo sangriento que el Cazador había ofrecido.

 

̶ Tu amigo murió esta noche, según el forense. Seguimos con la investigación tan rápido como podemos, pero parece que el imitador tiene rapidez por “terminar” su trabajo…

 

Sin pensarlo más, saqué mi móvil y le enseñé el mensaje.

 

̶ ¿Terminar su trabajo? ¿Es una forma suave de decir que voy a morir pronto? Porque él ya me ha avisado…

 

El policía no se sorprendió al ver el mensaje. Seguro que esperaba leer algo similar a lo que recibió Aaron.

 

̶ Si no te importa, rastrearemos el mensaje desde tu móvil. Mi equipo está en funcionamiento día y noche. Terminaremos con esto cuanto antes. Queremos ponerte un equipo de protección en tu casa mientras esto se soluciona.

 

Lo miré.

 

̶ ¿Un equipo de protección?

 

̶ Sí, unos cuantos hombres atrincherados en tu casa cuidando de tu seguridad, dado que eres una víctima de alto riesgo. Será una forma de vigilar que el imitador no consiga su objetivo. Y en el caso de que lo intente, estaremos atentos a cualquier señal. Lo prometo.

 

Sonreí ligeramente. Tener a unos cuantos hombres conmigo en mi casa, con la cara de póker que ponía ese hombre no me hacía especial ilusión…

 

̶ Está bien. Pero con una condición – él me miró expectante. Seguramente no habría esperado que pidiera nada a cambio –. Quiero que mi amigo Cristian se encierre conmigo. Él también estuvo en el juego y tiene el mismo riesgo de ser una víctima de ese imitador. Quiero que esté a salvo conmigo hasta que todo esto acabe…

 

Él asintió.

 

Unas horas más tarde estaba con Cristian en el sofá de mi salón. Había unos cuantos agentes repartidos por el resto de la casa. No llegué a contar cuántos había en total, pero creí haber escuchado la puerta abrirse mínimo dos veces más.

Miré a Cristian, que parecía distante.

 

̶ Siento mucho haber sido tan brusca… estaba un poco desesperada – le dije a modo de disculpa.

 

Él apenas me miró.

 

Y era verdad. Tras haber llegado a su casa había tocado incesantemente el timbre hasta que él me abrió, ajeno a todo. Y cuando le conté todo lo sucedido con Aaron, su rostro se descompuso. Me sentí fatal por haberle estropeado el día, pero la situación era drástica y requería situaciones excepcionales. Le señalé los coches de policía que me seguían y le conté el plan del policía que me había atendido. Él estuvo un poco reticente a la hora de venir conmigo, pero había accedido. El miedo y el agobio podían leerse en su mente de camino a mi casa. Pero era lo mejor para terminar cuanto antes con lo que estaba sucediendo.

 

Y así estábamos ahora. Sin hablarnos.

 

̶ ¿Estás bien? – insistí para ver si podíamos animarnos mutuamente.

 

Por fin me miró. Me sonrió débilmente. Estaba tan tenso como yo. Tener una casa llena de policías no era la mejor situación posible. Impedía relajarse.

 

̶ No pensaba que nada iba a terminar así, Lina… Con Claudia muerta. Aaron muerto… ¿Y ahora qué?

 

̶ Bueno, ellos van a protegernos. Si alguien intenta hacernos daño, ellos descubrirán quién es finalmente y lo cogerán.

Me pareció oír una risa proveniente de Cristian.

 

̶ Ya intentaron proteger a las víctimas originales, Lina. Y mira lo que pasó. La policía ya estuvo ahí y no consiguieron nada. Si el Cazador nos quiere, nos tendrá.

 

Lo miré inquisitivamente.

 

̶ ¿Te ha enviado un mensaje a ti también?

 

Cristian me miró.

 

̶ Aún no… Pero no debe de faltar mucho. Mira cuánto tardó en llegarle a Aaron después de Claudia.

 

Me sentí mucho peor en cuanto dijo eso. Era como si estuviera restregándome por la cara que, de alguna forma, iba a morir. Pero no. No iba a aceptarlo.

 

Un policía se acercó a nosotros.

 

̶ ¿Todo bien? – asentimos – Por ahora todo está tranquilo y el equipo no ha hallado ningún origen al rastrear el mensaje. Pero estamos pendientes, si notáis algo, nos llamáis.

 

 

 

No sé muy bien cómo ocurrió. O qué es lo que pasó. Lo cierto es que ocurrió tan rápido que no puedo describir paso a paso qué es lo que pasó.

 

Pero lo cierto es que acabé en un sitio oscuro, magullada y sin oír absolutamente nada.

 

Creo que…

 

Creo que puedo recordar algo.

 

Estaba en mi salón con Cristian. Había policías por todas partes. Y entonces hubo un apagón.

 

Todo se apagó. Las luces de mi casa, las alarmas que hubieran puesto los policías se silenciaron y las farolas de fuera también. Todo oscuro. Todo silencio.

 

Empecé a oír gritos. Creo que eran los policías, intentaban dar la voz de alarma. Veía las luces de sus linternas a lo lejos. Yo sólo oía el retumbar de mi corazón.

 

Bum, bum.

 

Alguien me cogió del brazo y tiró de mí. Yo me dejé llevar. Estaba tan oscuro… yo sólo quería salir de ahí.

 

Bum, bum.

 

Intenté escuchar más voces en mi alrededor, pero creo que los policías se oían cada vez más lejos, aunque sus gritos retumbaban.

 

Bum, bum.

 

Empecé a sentir el aire gélido en mi cara. Creí oír la hierba que pisaba. ¿Cuánto tiempo había andado? No veía nada. ¿Cómo podía ver algo quien me conducía?

 

Bum, bum.

 

Ese alguien me metió en un vehículo. ¿Lo era? Creo que sí. Noté la tela del asiento. ¿Trasero o delantero? No sabría decir muy bien.

 

Bum, bum, bum, bum, bum, bum, bum.

 

Algo no iba bien…

 

Sentí un olor a hierbas, muy extraño, cada vez más cerca. Era un olor fuerte, muy fuerte. Y luego, algo sobre mi boca y mis fosas nasales.

 

No recuerdo nada más después…

 

En ese momento pude abrir los ojos, aunque seguía sin ver nada. El suelo estaba frío y… rugoso. Sentía un terrible dolor en las rodillas. Y en las caderas. Intenté mover las piernas, estirarlas. Las sentía pesadas. Como si no las hubiera movido en mucho tiempo o hubiera puesto malas posturas. Y el cuello… qué dolor sentí cuando levanté la cabeza.

 

¿Qué estaba pasando?

 

Mis alarmas se dispararon en cuanto me levanté y empecé a levantar los brazos, tocando todos los rincones. Cerré los ojos y palpé cada rincón mientras me hacía un mapa mental de mi alrededor. Todo estaba frío. Era un sitio bastante pequeño. Si estiraba los brazos en cruz y me movía de un sitio a otro, tardaba muy poco en tocar la pared del otro extremo de la habitación.

 

Pero pisé algo.

 

O alguien, porque se quejó.

 

Estiré las manos para palpar aquello. Sentí unas piernas. Luego un cuerpo. Y entonces le palpé la cara. En mi cabeza reconocí el peinado de Cristian.

 

̶ ¡Cristian! ¡Cristian! – empecé a zarandearlo con fuerza.

 

Él volvió a quejarse.

 

̶ ¡Cristian, despierta! ¡Estamos encerrados!

 

Pareció escucharme.

 

̶ ¿Estamos encerrados? – repitió.

 

Yo asentí. Lo ayudé a levantarse y coloqué su mano sobre la pared para estabilizarlo.

 

̶ Parece un sótano, esto está helado – dijo –. Busca algún interruptor, seguro que hay alguno.

 

̶ Pero si ya he buscado por todos lados.

 

̶ Da igual, tú vuelve a buscar.

 

Oí cómo sus manos palpaban las paredes en busca de alguna luz. Yo hice lo mismo, pero la pared estaba totalmente lisa. No había nada.

 

Y de pronto, se iluminó todo. Miré a Cristian expectante, cuya mano aún estaba sobre un botón blanquecino a bastante altura.

 

̶ ¿Qué hace un interruptor ahí arriba?

 

̶ No lo sé, pero ahora podemos buscar un sitio para salir de aquí.

 

No hice más preguntas. Mientras observaba todo mi alrededor, ahora claramente, sentía un pánico terrible. No reconocía nada. Era una habitación muy fría, con paredes y suelo de hormigón. Sin muebles ni nada. Completamente vacío.

 

Y en el techo también estaba bastante liso, salvo por un rectángulo que claramente podía significar una salida… Cristian también lo vio. Pero nos cayó el ánimo al suelo porque ni saltando llegábamos al techo. Mi amigo quizá rozaba el techo con las manos si saltaba, pero eso no servía de mucho si esa especie de trampilla estaba cerrada…

 

Me senté, desanimada.

 

Cristian se sentó a mi lado y me abrazó.

 

̶ Vamos a salir de esta, ¿vale? En algún momento podremos salir de aquí.

 

̶ ¿Cómo? Si no tenemos teléfonos ni nada que nos ayude a salir – empecé a llorar desconsoladamente – Cristian, si esto es el Cazador, estamos muertos. No va a poder ayudarnos nadie. No llegarán a tiempo.

 

̶ No, Lina. El anterior Cazador sólo tuvo tres víctimas…

 

Lo miré.

 

̶ ¿De qué estás hablando?

 

Él volvió a abrazarme.

 

̶ Sólo digo que tú eres mi tercera víctima.

 

Lo miré. Él sonreía dulcemente. Yo estallé en carcajadas, recordando el rol que le había tocado.

 

̶ Sí, si hubiéramos seguido con el juego, habría sido así, Cristian. Pero esto no es un juego.

 

Él siguió sonriendo.

 

̶ Sí que es un juego. Y termina contigo, Lina. Ya te he pillado.

 

Yo seguí sonriendo, esperando el momento en el que estallara en risas para aliviar ese momento de tensión.

 

Pero entonces sucedió algo.

 

Su sonrisa.

 

Desapareció.

 

Su mueca se volvió neutral, casi fantasmagórica. Era imposible leer sus pensamientos. Saber lo que quería o lo que pensaba. Seguí sonriendo, esperando ese momento en que me abrazara de nuevo y me dijera que todo era broma.

 

Pero ese momento no llegó.

 

Entonces volvió a sonreír.

 

Pero ya no era la sonrisa dulce de antes. No. Era la sonrisa más macabra que había visto nunca en él.

 

̶ Tú… tú no eres Cristian – dije despacio.

 

Me temblaba la voz y el pulso. Mi corazón bombeaba muy deprisa.

 

̶ No, Lina, yo soy el Cazador. Y te he pillado. El juego ha terminado.

 

 Entonces me cogió el cuello y empezó a apretar. Empecé a patalear, a boquear como un pez en busca de oxígeno.

Con mis manos intentaba meterle los dedos en los ojos, en las orejas, intentar hacerle daño para que dejara de retenerme.

 

Pero en mi mente todo era un caos. Todo se había bloqueado. Todo carecía de sentido para mí.

 

¿Cristian?

 

¿Por qué?

 

¿Por qué me estaba haciendo esto?

 

¿Por qué quería hacerme daño mi mejor amigo?

 

Mis oídos pitaban, pero vi cómo Cristian abría la boca en dirección a la trampilla y ésta se abrió. Vi una luz nueva. Una luz que no provenía de la iluminación del sótano. Y vi una figura nueva. Un hombre, que echaba una escalera y bajaba. Entonces Cristian me subió a sus hombros y subió conmigo, seguido del hombre.

 

En cuanto salí, el pánico me invadió. Estaba en el interior de una casa pequeña, con las ventanas abarrotadas.

 

Las paredes estaban cubiertas de fotografías. Fotografías nuestras. De Claudia. De Aaron. Y mías.

 

Fotografías de nosotros en la oficina, entrando en nuestras casas, en el bosque del Cazador, en el bar en el decidimos jugar a ese juego…

 

Múltiples escenas de nuestra vida empapelaban las paredes. Un ojo invasor había grabado esas escenas y las había analizado múltiples veces en esa cabaña para trazar un plan. Para cazarnos.

 

Y ese había sido Cristian.

 

 

 

OPCIONES:

 

A) Intento zafarme y buscar una salida

B) Intento conectar con Cristian para que me deje ir

C) No hago nada y me atacan

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Ronda 4